domingo, 25 de enero de 2015

Oniria, prólogo.

Buen día mundo blogger, sigo sin tener claro el orden o frecuencia de las publicaciones de esta historia nueva, ya lo decidiré. Por lo pronto presento la entrada a este nuevo mundo que se ganará un espacio especial de este blog. Oniria, como ya había dicho, es mi nueva blog novela en el género paranormal, aunque el misterio y el drama rodean la historia, me atrevo a decir que aquí he puesto a explotar mi cabeza con "de todo un poco". Con toda la entrega del caso, seguiré publicando sin detenerme y adicional a eso también con los escritos y cosillas usuales de aquí. Feliz domingo :)




Entrada

Aquel extraño paisaje se observaba desierto y obscuro, Fernanda debía tener algo en la vista pues escaso era lo que lograba observar, todo era borroso con aire denso y pesado. Se frotó los ojos convencida de que ayudaría a aclarar el panorama, cruzó los brazos, tenía demasiado frío.
Debió funcionar, al menos eso pensó al ver la silueta de una persona a lo lejos, alguien o algo, no caminaba, flotaba. No podía distinguir su rostro o lo que era, pero se acercaba descubriendo un color rojizo, brillaba en la obscuridad de aquel lugar que desconocía. Sintió miedo, comenzó a caminar en dirección opuesta, caminaba apresurada pero no funcionaba, aquello se acercaba, luego uno a su derecha y otro a su izquierda, aparecieron de la nada, –si tan solo pudiera ver bien– pensó. Comenzó a correr agitada, ya no eran tres, eran cinco, diez, quince, muchos de esos seres rojos brillantes que corrían –o volaban– tras ella, el miedo la consumía, podía sentirlos respirar en su nuca y eso le producía un terror desmesurado e incontrolable. Un terrible dolor apareció en su cabeza, la habían golpeado, cayó al suelo y sentía como la sangre brotaba de un costado deslizándose por la oreja. Intentó levantarse y todo lo que pudo ver fue un montón de siluetas rojas y brillantes rodeándola, una de ellas se estiró y la tomó del cuello impidiéndole respirar. La estrangulaba, no podía defenderse, no podía gritar, no podía respirar, todo lo que podía hacer era sentir como la vida escapada de su cuerpo
–No…– balbuceó –¡No!– gritó y pataleó deshaciéndose de las cobijas como si estas le quemaran. Se mantuvo en silencio un par de segundos, tocó su cabeza esperando encontrar alguna herida, pero todo estaba en orden, algo en particular, era la segunda vez que tenía esa misma pesadilla, había sido igual la semana pasada, solo que aquella vez no había sentido esa horrible punzada en el cráneo. Pestañeó aturdida, agitada, la soledad de su cuarto era abrumadora, volvió a cerrar los ojos, ni siquiera cambió su posición, solo deseaba descansar. Se enderezó un poco, sus ojos se abrieron y se encontraron con un enorme par de ojos en el techo, ojos brillantes rodeados de sombra, una persona se dibujaba en su techo.
Apretó los ojos y los volvió a abrir insegura de si estaba despierta o aun soñaba, el cuerpo se dejó caer directamente sobre ella, le aprisionó las manos y le cubrió la boca ahogando cualquier reacción. El hombre de cabellos castaños y ojos tan negros que parecían huecos, estaba ahora a centímetros de su rostro, como salido de la peor película de terror, tomó su cabeza con la mano que tenía libre y la observó por varios segundos como a la espera de algo.
Fernanda pataleó, por fin su cuerpo reaccionaba, no era una pesadilla, no era una película de terror, era real y ella debía correr por su vida.
–Oh Dios… ¡Detente!– Susurró y la apretó fuerte inmovilizándola aún más –Esto no debía suceder, esto es raro, esto…– Parpadeó el intruso exageradamente, como si no creyera lo que veía, la oscuridad de sus ojos parecía difuminarse, como tinta negra que se recogía hacia los parpados y pronto las partes de sus ojos se revelaron, primero la membrana blanca y luego el iris color café, era un par de ojos normales. Fernanda lo observaba incrédula, atónita, aquello no podía ser real.
–Voy a soltarte, Fernanda, debes prometer que no gritarás– Ella relajó el cuerpo exhausta mientras la mano que cubría su boca cedía poco a poco.

–¿Elías?– musitó

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